A lo largo de todos estos años he vivido muchas cosas como colombófilo. Tanto buenas como malas. Y aunque prefiero siempre quedarme con las buenas (los recuerdos son más agradables), las malas, a su modo vil y trapero, también han ido ayudándome a crecer en muchos sentidos. Y es que es cierto, “a base de palos también se aprende”.

Ojalá pudiese contaros alguno de los mejores momentos, con ese deje de nostalgia asaltándome la garganta a cada párrafo… pero hoy no es el día. Hoy toca meterse de lleno en el fango de la colombofilia, en lo más bajo, en lo peor. Maltratar a una paloma extraviada que ha entrado en un palomar ajeno en busca de descanso. Creo que no existe nada peor en este deporte.

Como os decía arriba, me ha tocado vivir muchas de las miserias que rodean al mundo de las palomas mensajeras. Desde enano he intentado ser siempre un miembro activo de nuestro colectivo y eso, metafóricamente hablando,  implica visitar la zona monumental de los mejores barrios, tomándose una copa de buen vino y brindando con los camaradas a la cálida luz del atardecer…, pero también deambular por el humeante lodazal que cubre los callejones de los bajos fondos. Y allí, compañeros, te puedes encontrar de todo. Lo principal, una tremenda falta de escrúpulos por parte de los habitantes de semejante extracto. No importa quién seas o lo que pretendas, tu pasado o tu presente… si no te avienes a pagar el peaje que exigen, a bailar la música que tocan, o ensalzar la ideología que comulgan, eres el enemigo. Y esta casta suele aplicar principios de un buen rollo impecable, del tipo “en la guerra, vale todo” u “ojo por ojo, diente por diente”.
Y la verdad es que no, no vale todo. Para empezar porque no hay ninguna guerra. Y si la hubiese, seguiría sin valer todo. Y menos, lo que me ha llevado hoy a escribir esto.

Me encontraba a principios de esta semana visitando mi facebook, cuando me encuentro con la siguiente fotografía:

plumas cortadas 1

Un compañero, supongo que de algún entrenamiento particular, había recibido una de las palomas con 7 remeras primarias cortadas a tijera. La imagen, no sé a vosotros, pero a mí me resulta tremendamente indignante. Esa metódica precisión que revela el corte, donde se seccionan las remeras a una altura que permita a la paloma regresar a casa (no sin mucho esfuerzo) pero que la obligue a perderse la campaña que está a punto de arrancar.

Tengo en la cabeza muchos apelativos con los que definir al autor de semejante tropelía, y ninguno es bueno.

Por desgracia, este tipo de prácticas sigue siendo común por toda la geografía española. De todas formas, si se tratase de cualquier otro lugar, podría acusarse a un colectivo enfrentado, pero en Galicia sólo puede deberse a la acción de otro colombófilo. Un compañero de afición, cercano o no, puede que incluso del propio club, que ha pensado que tenía razones para saldar su vendetta particular maltratando a una paloma. A una paloma que no tenía más culpa que la de haber entrado en el palomar de un socio al que habría que retirar la licencia y dejarlo una semana en el cepo del centro de la plaza del pueblo.

Por muy mal que te lleves con otro colombófilo, aunque tus razones sean del todo justificadas, vengarte sobre sus palomas no habla muy bien de ti.

Puede que ni siquiera se tratase de eso, tal vez actuaste así para quitarte competencia de en medio restando una paloma al bando como peaje por el agua y el descanso. Sea como fuere, no hay razón que justifique un comportamiento tan rastrero. El retorno a casa ya es complicado de por si… orientarse, el clima, los depredadores, el viento… como para tener que sufrir también esta estrechez de miras.

Si estás leyendo esto, por favor, háztelo mirar.

Carlos Padín Cores.

Comentarios  


AMEN.No se puede decir mejor.
Saludos.
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