Hace unas semanas, entre toda la vorágine política desplegada durante las elecciones de la RFCE, comparaba junto con un compañero los programas electorales presentados por ambos candidatos, cuando de repente uno de los argumentos llamó poderosamente nuestra atención, la recuperación por parte de la paloma mensajera de su estatus de “UTILIDAD PÚBLICA”.

Este es uno de esos temas que no pasa de moda y que, por desgracia para la actualidad de este deporte, suele enturbiarse debido a la nostalgia de aquellos colombófilos que querrían ver de nuevo a nuestras deportistas, en pleno siglo XXI, surcando los cielos bajo la enseña de las fuerzas armadas, o aquellos otros que aún creen que la pareja de la guardia civil (o cualquier otra fuerza del orden) se va a cuadrar al descubrir, en el maletero de nuestro coche, una jaula llena de palomas mensajeras…

En ocasiones trato de devanarme los sesos tratando de descifrar que es lo que entiende este sector de la colombofilia por “UTILIDAD PÚBLICA” y cual es la función que desarrollaba en sus últimos años en los palomares militares o puede desarrollar, actualmente, en los civiles.

A mi modo de ver, hace años que la transmisión de datos a través de palomas mensajeras ha pasado a un plano casi que testimonial. Que yo sepa, los únicos mensajes que transmiten ya nuestras deportistas son los típicos que trae en la pata la paloma despistada que ha entrado en otro palomar. Y es que aún existen colombófilos atentos que te remiten su número de teléfono para que sepas donde ha repostado de vuelta a casa (otros menos atentos se quedan con el chip… y los nada atentos con la paloma entera).

Tal vez sea con la parte con la que me he quedado yo de todo este debate, la transmisión de datos por parte de nuestras palomas como parte fundamental de su supuesta “utilidad pública”. No es la primera vez que salta a la palestra esta conversación y este caso no fue una excepción. Alegaba mi compañero que la nuestra es una afición con una posición privilegiada a la hora de echar una mano durante algún tipo de desastre que deje en paños menores las modernas vías de comunicación convencionales…
Vamos, que si mañana un terremoto se lleva por delante medio país, nuestras palomas serán uno de los recursos viables para poner en marcha un rudimentario sistema de transmisión de noticias que nos saque del atolladero mediático…

Me van a perdonar el arranque chabacano, pero es que me parto la caja al escuchar este tipo de cosas.
Y es que esto sólo lo pueden argumentar colombófilos que realmente no saben el tipo de cultura que tienen entre manos.
¿Sabe esta gente qué es lo que hace falta para establecer una vía de comunicación a través de palomas mensajeras?

Si un cataclismo de dimensiones desmesuradas mandase, mañana mismo, al garete el cómodo estilo de vida de la “civilización occidental” de algún punto del planeta, nuestras valientes e intrépidas palomas mensajeras en poco o nada iban a poder ayudar a esta gente a mantener unas vías de comunicación decentes.
Principalmente porque nos cogería con los pantalones bajados.
Las antiguas vías de “comunicación alada” disponían de un tinglado y una tramoya que no tenemos montado hoy en día. A saber, una línea o sucesión de palomares (ni muy cercanos ni excesivamente distantes entre si) y el establecimiento de una especie de “postas” o grupos de palomas del palomar anterior y del siguiente, en cada uno de los palomares, para que la comunicación pudiese funcionar en ambos sentidos. Cae de cajón que estas palomas había que refrescarlas cada poco, para que no se atocinasen durante la espera o para reponer las que ya se habían liberado.
De esta manera, cuando el palomar “1” quería comunicarse con el palomar “7”, liberaba una o varias palomas del palomar “2” con el mensaje, estas volaban raudas y veloces, con más o menos suerte hasta su palomar de origen y una vez recibidas allí, el palomar “2” liberaba palomas del palomar “3”… repitiéndose la historia hasta llegar al palomar “7”, el “8” o el “36”, según el caso. Y a la inversa  para la respuesta.
Casi nada.
A ver donde tenemos montado nosotros un dispositivo por el estilo y lo que es peor, ¿dónde lo tenía montado el Ministerio de Defensa en los últimos años de servicio de las palomas mensajeras?
Si las circunstancias nos requiriesen crear una línea de correo por paloma mensajera, en el tiempo que habremos tardado en establecerla y en la propia forma de hacerlo (llevar palomas a otros palomares) ya se habrían establecido formas de comunicación alternativas.

Si os parece, dejamos para otro día y otro artículo el meternos a fondo en el despliegue de medios colombófilos llevado a cabo por las fuerzas armadas… todos hemos visto fotos antiguas de guerra de palomares móviles o soldados (incluso perros) portando a la espalda mochilas con palomas mensajeras.

Lo que quería resaltar al escribir esto es, hoy en día la “utilidad pública” de nuestras deportistas ya no se encuentra ni en los campos de la comunicación ni en los de batalla. Cualquier emisora de onda corta, desde las instaladas en vehículos de transporte, hasta las que están a la venta en bazares orientales como juguete infantil, es más rápida, barata e incluso eficaz que nuestras queridas aves.

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Salir de la sombra y protección de las fuerzas armadas no es pérdida alguna para los colombófilos como deportistas, sino una señal de cambio de los tiempos modernos.
Algún escéptico se preguntará porqué. La respuesta es obvia.
Hoy en día nuestro lugar es el deporte. Somos equipos de entrenadores y deportistas. Así de sencillo. Nuestro desarrollo, nuestra logística, nuestra literatura, nuestro modo de vida en si está enfocado hacia la competición y es ahí donde debemos batirnos el cobre en las batallas que los tiempos presentes traen a nuestra puerta.

Ya no tenemos utilidad pública, pero sí “LABOR SOCIAL”.
Hablamos en otro momento de llevar las palomas a las escuelas para tratar de vencer las estadísticas que nos auguran un futuro agonizante. Más allá de eso, llevar la colombofilia a los niños es hacerlos descubrir un modo de vida nuevo, ajeno a lo que muchos de ellos pueden llegar a encontrar en las ciudades y,  ¿quién sabe?, tal vez incluso fascinante para ellos.

Y hay incluso más. La gente que trabaja con animales como medio de ofrecer estímulos a pacientes con diferentes tipos de problemas, se está perdiendo unos aliados fantásticos sin saberlo.
Todos hemos visto en las noticias estímulos para niños autistas con delfines, para personas con síndrome de Down con perros, e incluso con caballos.
Los colombófilos conocemos la cantidad de estímulos que puede recibir una mente al adentrarse en el “run-run” de la maquinaria de un palomar, plagado de los sonidos y los movimientos de unas aves que al tacto solo desprenden suavidad y calor, impregnando de colores el sentido de la vista, hasta el momento en que las liberas para quedarte fascinado con sus idas y venidas sobre el palomar.

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Cierta clase de miopía está privando al mundo de muchas herramientas para resultar un lugar un poco más acogedor. Y la actualidad disfrazada de desastre económico es otra tara que obstaculiza sacar a flote todo proyecto que no se traduzca en un beneficio económico, porque los beneficios morales e incluso los culturales están muy bien, pero no nos van a hacer menos pobres.
Sobra gente con ganas de sacudir las telas de araña que adornan los muebles de la colombofilia y dar el paso hacia un siglo que ya está bien entrado en años, sólo necesitamos que alguien les deje hacerlo.


Un abrazo.

Carlos Padín Cores

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